Brasilia, 26 de noviembre de 2006

 

Paquita, para siempre…

 

Muchas tardes llegaba a la oficina. La biblioteca empezaba a sonreír porque sus pequeños pasos y sus manos enormes se acercaban. Manos que siempre traían un detalle, el libro, la flor, la luz. Dicen que tu biblioteca –la de aBrace- es casi una extensión de tus casas, de tus hijos, tus nietos, tu inseparable perro siberiano, que era el primero en recibirnos cuando íbamos a tu casa.

Aquella sonrisa parecía incrustada en su rostro. Nosotros estábamos seguros entonces, que simplemente mostraba la forma de su aire interior, la fortaleza de haber vivido para todos.

Luego volvían a mostrase los planes, las inquietudes de creación recién amanecidas y las que se iban consumando para confirmar los sueños. Salíamos luego juntos, alguna vez. Nos decía, no puedo ir tan ligero como ustedes, vayan adelante que yo los sigo. Tratábamos de caminar a su ritmo y ella, que entendía la actitud, nos iba consolando de nuestras tantas quejas.

Recuerdo en octubre de 2005 en Chile, llegábamos a la casa de Luis donde residiríamos durante el Encuentro Tras los pasos de Neruda, y a ella le estaba reservada una habitación de hotel, allí, cercano. Entonces prefirió armarse un espacio para dormir en la sala, nos dijo, más cerca es aquí, prefiero estar con ustedes. Humilde y respetuosa. ¡Cómo respetaba mis silencios! A veces, me pesaba más a mí que a ella, pasar la tarde toda casi sin cambiar palabras, porque me era imprescindible en mi trabajo. Ella simplemente me miraba de a ratos y nunca dejaba de decirme, ¿te preparo un café?

Estoy a tres mil quilómetros de Montevideo este domingo de noviembre. Algo me impulsó a abrir mis correos, aunque recién llegamos de un mini-encuentro literario en un pueblito de Goiás, en el Planalto brasileño. Me bastó leer tres líneas imprecisas y tristes. Me bastó para sentirme acongojado, recordar cuando a veces hablábamos de la muerte y ella murmuraba, nadie se escapa y volvía a sonreír. Es cierto, Paquita, vos abriste esta marcha que a todos nos condena. Ni siquiera sé como fue, qué te rodeaba, cuál fue el momento preciso en que se abatieron los ojos de tus sienes, aquellos con los cuales pensabas y volabas. No importa demasiado de cual forma se produjo la amarga circunstancia. No quiero penar simplemente, creo que ninguno de nosotros lo quiere. Penar es estéril sin no está circundado por la fuerza de la continuidad. Tendremos la biblioteca, Paquita, la que tus manos iniciaron para este aBrace que ahora se debate desesperado porque se escapa tu impasible figura. Tendremos esos libros que tus manos etiquetaron y que prometiste que a mi regreso estarían ya casi disponibles para inaugurarla. Tal vez estos años en que la formaste me sirvieran más que nada para verte feliz. Tu danza interminable con las páginas, con los títulos, con la maravilladas estanterías que veían crecer y actualizarse, las coloridas ediciones de tu sangre.

Así te quiero, te queremos, Paqui, así te tendremos frente a nosotros sonriendo, como si nada hubiese pasado, porque los seres como tú, no abandonan nunca su lugar de lucha y si por si acaso te tomaste un descanso más que merecido, hermana, mi hermanita, recuerda donde estés, que dejaste tus huellas en las manos de todos los que amaste. Hasta cuando sea, compañera.

 

Roberto Bianchi

 

 

 

 

Ciclo

 

 

                                      “Las doradas manzanas del sol”

 Ray Bradbury

 

Ayer,

lucían magníficas,

Invulnerables, en

su dorado árbol

de la vida.

 

Hoy,

yacen trémulas, exhaustas,

negros fluidos se entretejen

sin piedad. Nieve y frío

su sol se apagó.

 

Mañana,

tierra y sol renaciente

en sublime conjunción

harán el milagro 

de otra primavera.

 

 

                       Francisca Cota, Paquita