UNA POLITICA CULTURAL

Por Roberto Bianchi
abrace@internet.com.uy

 

La dura realidad

 

De la dura realidad no escapamos. Dada la elección que hemos hecho por difundir escritores emergentes, debe ser ínfima la inversión directa de la editora, y en todos los casos con lamentables pérdidas. Pese a que aBrace editora tiene en su favor la internacionalidad (Brasil-Uruguay), el bilingüismo y su extensa trayectoria.

Anualmente realiza propuestas en las cuales los autores son protagonistas no solamente de creación estética, sino por ser dueños del capital que se expone y se utiliza en la confección de las obras.

En esto entran a jugar otros elementos, como ser que muchos escriben y pocos leen. Que si uno destina su inversión a rubros como la poesía, por ejemplo, diosa de la humanidad, gestora de la introducción de la luz, llave perfecta para abrir los más misteriosos designios, sabe de antemano que su libro deberá ser regalado, ventilado entre pares, inmolado en el fuego sagrado de la orfandad. Pues no solamente nadie o casi nadie lo comprará, sino que muchos se ofenderán si no se lo obsequiamos. Los distintos mercaderes nos mirarán con tristeza al ofrecérselo como producto y repetirán hasta el infinito ese: lamentablemente, la poesía no se vende, destino manifiesto con el que hemos nacido los poetas. Y se producen las contradicciones, porque de todas partes nos llaman y nos dicen que es maravillosa nuestra palabra, reverencian muchas veces nuestro nombre, nos conducen por senderos de sabiduría y esplendor…pero no adquieren nuestros libros.

Uno o dos poetas en mi país, el Uruguay, venden sus títulos, pero estoy seguro y muchos pueden confirmarlo, que en los otros países pasa igual. Los narradores somos más atendidos. Siempre y cuando hayamos pasado por el filtro de tantas y cuantas preselecciones y selecciones, ganado tales o cuales concursos o propuestas, tengamos la ocurrencia de encontrar la temática que se espera de nosotros o que el mundo real nos exige, podremos contar con ser editados alguna vez sin que sea a nuestro cargo.

 

La dignidad

 

En los tantos años de ejercicio de distintas etapas como escritores y editores, nos hemos topado infinidad de veces con autores que juran que, por su dignidad, nunca pagarán por editar sus obras. Es una decisión sincera y respetable, mientras no atente contra la posición de otros que consideran que, en un mundo signado por las razones expuestas anteriormente, es de ilusos pensar que estos hechos pueden cambiarse fácilmente. La dignidad de los demás, de los que día por día luchamos por revertir esta situación, pasa por no someternos al manoseo, ni recorrer el laberinto de la mendicidad tratando de encontrar quién o quienes, sea el Estado, los municipios, los mecenas, los acaudalados dueños de medios, los que pretenden exhibirnos en circos, los que en definitiva lucran con nuestra debilidad, nos publiquen. Entiendo y entendí siempre que es preferible invertir en nuestros sueños de poder mostrar nuestro pensamiento, nuestra creación literaria, que someternos a la limosna. Creo que vale la pena invertir en la publicación de nuestra obra, del mismo modo que invertimos en nuestra alimentación, nuestro techo, nuestra educación, que son todas las exigencias que nos hace la vida.

 

 

 

Los que llegan

 

Es casi obvio que estamos refiriéndonos a la inmensa mayoría de los escritores que habemos en este planeta. Por supuesto que existe una minoría que no transita por los mismos estertores de agonía, porque por distintos motivos que sería muy extenso enumerar, pero que son rigurosamente reales, han traspasado la barrera de la minoridad, y son buscados, sometidos a presiones altísimas, como la exigencia de realización de obras en plazos y tiempos determinados, como ser exhibidos como fenómenos en los distintos escenarios de la publicidad, siendo pagos con las migajas de la comercialización que puede ser, aunque poco significativa en porcentaje, enorme para la imaginación de cualquier autor. Eso cuando no tiene que compartir su salario con traductores, correctores, guionistas, directores y todo otro tipo de profesionales que hacen compatibles los productos con la necesidad capitalista.

 

El recorrido solidario

 

Es entonces que en el plano de los que no somos excepciones, debe primar en primer término el buen criterio de apuntar a la necesidad. Y la necesidad es, sin lugar a dudas, encontrar los medios adecuados para obtener los objetivos.

Objetivos que son múltiples y que se reproducen por igual en todos los escritores, como lo son también en otras manifestaciones artísticas, aunque en nuestro caso, de por sí muy individualista, se hace más visible.

Debemos mostrar a los demás que hay caminos a recorrer juntos. Cuando hace diez años, con Nina Reis, la directora de aBrace en Brasil, empezamos a pensar en estos temas, veíamos como a nuestro alrededor existían grupos, grupitos, y muchas veces grupúsculos, que satisfechos nada más que con su propia creación o la de sus adeptos, rechazaban hasta con odio muchas veces las manifestaciones de otros escritores. Veíamos y sufrimos incluyo en lo personal, como se denostaba a tal o cual por no ser o no pertenecer a tal forma de ver las cosas.

Comprendimos entonces que lo primero que un movimiento cultural debe manifestar es respeto. Respeto por sí mismos y respeto por los demás. ¿Hasta dónde me asiste la razón? ¿Por cuál razón lo que yo digo es verdadero y falso lo que dice mi oponente? ¿Por qué no permitir que el otro muestre lo suyo como yo muestro lo mío y que lo defienda? Pero mucho más aún: yo debo ayudar a que el otro muestre lo que desea, aunque no sea lo que a mí me gusta. Y tratar de que lo exhiba mejor incluso que yo. Cada uno luego correrá la suerte de su obra. Si no es valiosa y verdadera, transcurrirá muy poco tiempo, el que dure la moda o el acierto en su exhibición, sin que el fondo mediocre sea descubierto. Si lo es, seguramente nos trascenderá a todos. ¿Qué derecho tengo yo a ocultar la obra de mi congénere para que la mía se destaque? No será mejor que si repetimos unos y otros el operativo de promover la obra de los demás, serán los demás los que en definitiva hagan destacarse la nuestra?

No juzgar, como movimiento, la obra de los demás, fue entonces nuestra primera decisión y nuestra primera regla. Pero como esto solamente puede realizarse en forma solidaria, de allí surgió nuestra cláusula complementaria que vino en definitiva a constituirse en nuestro lema: solidaridad entre creadores.

De allí entonces la conformación del Movimiento Cultural aBrace, como mecanismo activo de autoprotección primero, de interconexión después, de universalización de una idea madre, la del amparo mutuo que nos debemos los realizadores. Ya que esta manifestación de lo colectivo y lo solidario no es únicamente de escritores, aunque sean los escritores quienes lo lleven adelante, nosotros tratamos en aBrace de integrar las artes y quienes hayan participado de nuestras actividades, nuestros Encuentros internacionales y nacionales, habrán podido apreciar que muchas veces se acoplan la música con la literatura, con las artes plásticas y otras disciplinas.

El Movimiento Cultural aBrace es por otra parte un medio de difusión y de libre determinación, puesto que cada uno que lo toma como mecanismo, sabe que es libre, dentro de sus coordenadas, para llevar adelante su creatividad, su forma de difundir la cultura, que debe ser tan diferente como es diferente cada comunidad y debe ser respetada de la misma forma que queremos ser respetados todos en nuestras creencias, nuestro idioma, nuestra voluntad de existir, e incluso ser hermanos en la diversidad. Que cada quien tenga derecho a mostrar que es libre y sepa que existe otra libertad que es la que es innata en su compañero y vale tanto como la libertad de uno. Nadie es mejor o es peor que nadie, cada circunstancia histórica y humana tiene su trascendencia. Cada momento es irrepetible y hay que atraparlo como si fuese único. Por definición entonces: aBrace,  que no es nada más que eso, un enorme abrazo entre seres diferentes, que buscan respetuosamente el punto de equilibro cultural, para la mejor existencia de todos.

 

Roberto Bianchi